viernes, 14 de octubre de 2016

EXPERIENCIA RURAL 2016. Contar con los sentidos:

Alondra Cervantes visitó, como parte de la Experiencia Rural que toman los grupos de 6to en el colegio, las comunidades agrícolas del Valle de San Quintín en Baja California.
Ahí, ella y sus compañeros del grupo 603, vivieron una semana como jornaleros, apoyando en la recolección y procesamiento de tomate y chile con el objetivo de sentir lo que miles de campesinos viven diariamente para ganarse la vida y para poner alimentos en los platos de miles de familias en Baja California. 
La siguiente es la experiencia sensorial que vivió Alondra en esa semana:


Una mañana después de llegar, la pesadez en mis ojos era nula.
Mis manos se sentían entumidas ante el gran frió que existía fuera de la habitación, y mi sonrisa se sentía seca ante la situación.
Todo se sentía como un día normal, un día en el que no quería hacer nada. 
Era un día donde mis padres no me saludaban pero mis compañeros me gritaban.
Fue momento de subir a aquel pick up color vino. 
El parachoques para ellos no era de gran importancia y los mismos trabajadores se lo quitaban. 
La única forma de subirte era estirando tu pierna lo más posible y pisando con firmeza la base de la cama, pero nadie lo intentó.
En mis pensamientos solo pasaban comentarios como: “no juegues, solo se tienen que mover” o “me sorprende que estén esperando la mano de alguien para apoyarse y poder subir”. 
Estiré la pierna lo más que pude y con el pie derecho me impulsé para montar a aquel carro tan golpeado. 
Sentí eterno el momento en que me encontraba en el aire. Me hizo recordar todas las veces que he subido y bajado de un pick up u otro, todas esas veces de niña que solo deseaba viajar para poder subirme a esa, mi carroza personal. 
Todos subieron y, dando pasos cortos, llegué a aquella media esquina que se volvió mía en esa sorprenderte semana.
Alondra y una compañera seleccionan tomate.
La noche anterior, y hasta esos momentos, las horas se me habían hecho eternas. Pero en el instante que ese joven jornalero piso el acelerador y avanzamos por aquellos cerritos que se me hacían la vista más espectacular que había visto en mucho tiempo, todo cambió.
El aire azotó mi rostro pero por alguna extraña razón aquel viento helado lo sentí como una caricia tenue en mi tan descuidada piel. 
Sentía cómo la nariz se me entumía poco a poco y mis manos perdían la circulación por tanto apretar las agarraderas del carro. 
Sentí cómo desde la punta de mi nariz y hasta el último dedo de pie izquierdo se unían en uno solo. Ese fue el inicio de una nueva aventura, una nueva experiencia y quién diría una nueva yo.
Después los días se me pasaron uno más rápido que el otro.
Cada atardecer con mis compañeros y aquellos chicos de la casa de aun lado hacían que mis sonrisas se hicieran más eternas.
El día de pizca de tomates y de empaquetamiento los ojos me daban vueltas al ver aquella incalculable cantidad de tomates rojos, verdes, amarillos, marrones. Entraban de todo tipo y de todos los colores. 
Las llagas que se abrían en mis manos por el movimiento de aquellos tomates que en cierto momento llegué a nombrar como salvajes, y el peso y carga de las cajas llenas no me ardían.  
Esa experiencia fue indescriptible.
Solo sé que soy otra, solo sé que trabajé y conocí más. Solo sé que lo que pasa en la rural, se queda en la rural

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